La no biografía de Orlando

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OrlandoOrlando será testigo de cuatro siglos de cambios en su entorno y en su sexualidad que le harán reflexionar profundamente sobre el amor, la literatura, la alta sociedad inglesa y sobre su gran predilección. La naturaleza. A modo de biografía, Virginia Woolf (Londres, 25 1882 – Lewes, 1941) relata la longeva vida del personaje que da título a Orlando (Hogarth Press, Londres, 1928), traducida por Jorge Luís Borges en la edición de Edhasa (1986), quien experimenta transformaciones en el mundo durante cuatro centurias a la vez que deja de ser hombre para convertirse en mujer. Pese a presentarse como texto biográfico, esta novela contiene innumerables interrupciones del narrador que aclara, comenta y opina sobre las venturas y desventuras de la persona cuya vida cuenta rompiendo así el molde en el que se vertebra la obra. Probablemente, las intervenciones en la historia buscan parodiar el género biográfico.

Un noble debe hacer vida en la corte real si quiere tener un rol visible en este círculo selecto. Debido a la condición aristócrata de Orlando, se introducirá en el séquito de la reina Isabel I de Inglaterra de la que se ganará su simpatía convirtiéndose en el preferido de la monarca. No obstante, este estado privilegiado se quiebra durante la gran helada que sucede en el período jacobino porque Orlando mantiene una estrecha relación amorosa con la princesa rusa Marusha Stanilovska Dagmar Iliana Romanovitch a la que amará fugazmente. El fin de este amorío coincide con el deshielo del frío polar que había cubierto Inglaterra por aquella época. Años más tarde y recuperado su corazón de tal desencanto, Orlando decide emprender un viaje hacia Turquía como embajador del rey Carlos II volviendo así a tener un papel destacable como aristócrata hasta que a su regreso lo dan por muerto, ya que ha pasado décadas fuera de su hogar.

Durante su travesía en tierras turcas pasó de ser un hombre a una mujer cuando se cambió de vestido. Al volver a casa, pierde toda relevancia como miembro de la aristocracia debido a que es una dama y sólo puede aspirar a ser esposa o madre a la vez que debe restringir hábitos como pasear sola en público. Haber transitado por los dos sexos le ayuda a comprender las formas de actuar de ambos a través de los sentimientos y la manera de pensar que le aporta el género masculino y el femenino, lo cual da pie a que en su nuevo estado los entienda mejor teniendo un punto de vista más amplio. Paralelamente a estas normas establecidas y cumpliéndolas en parte, Orlando realiza su propio camino indagando sobre el significado del amor, de la literatura mientras disfruta de su fascinación por la naturaleza.

Su cambio de sexo le permite ser consciente de cómo se sienten ellos y ellas consigo mismos y cómo los tratan los demás. Por ejemplo, en los cuatrocientos años en que él/ella vive, la escritura era un terreno gobernado por el género masculino dificultando al femenino su participación en la misma, lo cual no impide que siga con la labor literaria que empezó en el período isabelino y que continuará hasta inicios del siglo XX. Su peculiar longevidad le sirve para mutar su ritmo de redactar textos ficticios que es más o menos prolífico asimilando así a otros autores. Por ejemplo, Orlando crea de forma frenética en tiempos de Shakespeare mientras que en el siglo XVIII ocupa menos tiempo en este cometido. Aun así, elabora el poema «La encina», según la traducción de Borges, durante toda su vida siendo este trabajo el fruto de la influencia de cuatro siglos literatura inglesa, un cambio de sexo y la expresión última del amor que le profesa al verdor que florece en la campiña inglesa.

Lejos de la ciudad se encuentra la casa de campo de Orlando donde acude para sanarse de sus desengaños amorosos así como serenarse tras los conflictos que tiene en torno a la literatura y la sociedad. A la sombra de un árbol o en un prado reflexiona en paz sobre estos temas dejándose envolver por la belleza y paz que este lugar le transmite como si fuera un oasis atemporal que cambia a un ritmo más ligero que el de la ciudad. Desde su infancia, él/ella siente una atracción profunda por los espacios verdes, la cual le inspiró para componer «La encina». Los que conocieron a Orlando se sorprenden de la alta devoción que siente por este espacio alejado de todo y tan cercano a su persona.

Narrar las hazañas de un individuo es una tarea ardua en la que el encargado de ello debe acometerla investigando los recovecos de la vida sobre la que verse la biografía que sus manos pulirán. Cada fecha, acontecimiento y compañero de viaje del hombre o mujer cuya historia será contada deben de ser precisos y fieles a los hechos. A grandes rasgos, estos aspectos deberían ponderar en la obra que concibe Virginia Woolf, ya que ella la introduce como si perteneciera al género biográfico. Sin embargo, el relato refleja que su intención está lejos de explicar con detalle las proezas de Orlando porque, en su lugar, abundan irrupciones de Woolf en la novela ya sea comentando fugazmente un pasaje, haciendo un paréntesis en la ficción o resaltando la escasa documentación que existe sobre Orlando, lo cual no encaja con el tipo de obra que se supone que está protagonizando un hombre-mujer que vivió entre la época isabelina y el 11 de octubre de 1928. Probablemente, no se sigan las pautas de lo que se entiende por biografía debido a que esta obra sea una parodia del género, lo cual se resalta en cada episodio de la vida del personaje.

En definitiva, Orlando no es una biografía sino más bien una crítica hacia este género en la que un hombre se metamorfosea en mujer al probarse un vestido en tierras turcas. Él/ella experimenta en su cuerpo el peso de cuatro siglos, el amor, los cambios de la literatura y de la sociedad inglesa. Todo ello sin olvidar su primer y leal amor. La naturaleza.

Virginia Woolf

Virginia Woolf

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