Simpatía por Tony Soprano

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Los Soprano Forever antimanual de una serie de cultoEl negocio que regenta Tony Soprano no funciona como en la vieja escuela. Ya no predominan valores como el honor, la confianza o la familia a pesar de que él intente inculcarlos en su familia carnal y en su familia mafiosa. El dinero los absorbió a todos. La serie televisiva Los Soprano (HBO, 1999 – 2007), creada por David Chase, muestra cómo funciona el ámbito laboral y social de la familia italoamericana Soprano, con residencia en Nueva Jersey, que engulle comida, dinero, mentiras e insatisfacción en un mundo cada vez más hostil para ellos y, especialmente, para Tony. En Los Soprano Forever: antimanual de una serie de culto (VV.AA, Errata Naturae, Madrid, 2010) se explora la ficción televisiva de Chase a través de la figura del criminal, el género en el que se enmarca, la visión que se tiene de este personaje así como el escrutinio de temas religiosos que envuelven a la serie protagonizada por unos miembros horteras de la Cosa Nostra.

El ensayo dedicado a Los Soprano presenta los artículos que contiene como bebidas alcohólicas del club Bada Bing! que es el local de striptease de la serie en el que Tony Soprano y sus subalternos llevan el negocio de la mafia. La carta-índice está compuesta por las recomendaciones del barman que incluyen el gran vino de «Mito y desencanto. Una introducción a Tony Soprano» de Iván de los Ríos, la selección de cocktails formada por «Los Soprano. La serie total» de Fernando R. Lafuente y «Vivir puede matar» de Ignacio Castro Rey, cervezas de importación como «Tony Soprano y nuestra simpatía por el diablo» de Noël Carrol, «Los Soprano, Dios y el jodido problema del mal», Peter H. Hare y «Los nihilistas también comen cannoli» de Kevin L. Stoehr y, para acabar, una selección de los mejores champagnes como «Have a nice day» de Fernando Castro Flórez y «Coda Soprano: Smash cut» de Rodrigo Fresán. A su vez, cada texto va precedido por una ilustración que hace referencia a símbolos de la serie como el letrero de la carnicería Satriale’s, un plato de macarrones, una pistola, etc.

En la cultura popular se ha glorificado la figura del mafioso desde el mito que rodea a la figura real de Al Capone hasta la elegancia que envuelve a la ficticia familia Corleone en la trilogía cinematográfica de El Padrino dirigida por Francis Ford Coppola entre 1972 y 1990 así como otros personajes que han engrandecido la imagen de este tipo de criminal. En todas estas historias se respiraba un aire de lujo que se transforma con la llegada de Los Soprano. Iván de los Ríos en «Mito y desencanto. Una introducción a Tony Soprano» desgrana como esta ficción televisiva desmitifica la figura del capo que pasa de ser un hombre con gustos refinados a un tipo en crisis que idolatra los tiempos pasados, reales y cinematográficos, en los que en su negocio ponderaba por encima de todo el respeto y el núcleo familiar. Así es Tony Soprano. Un ciudadano norteamericano posmoderno insatisfecho ante el estado de su negocio, de su familia y de sí mismo en una época llena de incertidumbres.

En «Los Soprano. La serie total» de Fernando R. Lafuente, este desencanto del personaje se enmarca dentro del género negro al que en la serie de David Chase se le da una vuelta de tuerca porque ya no es un relato épico centrado en la búsqueda de la verdad o en la exaltación del criminal sino una proyección limitada de los modelos que Tony y sus subordinados admiran, imitan pero no acaban de asimilar como refleja la omnipresencia de lo hortera en los mafiosos de Los Soprano y de la incapacidad de Tony para creerse a sí mismo como un empresario de gestión de deshechos que se preocupa por el bienestar de los suyos cuando en realidad es un gánster que acarrea los problemas de un hombre de mediana edad hastiado dado que no se parece a sus héroes delictivos. Aun así, como señala Noël Carrol en «Tony Soprano y nuestra simpatía por el diablo» él es lo mejor de lo peor en los ochenta y seis episodios que ocupa este relato televisivo, puesto que no se siente cómodo cuando Ralph Cifaretto golpea hasta la muerte a una estríper que está embarazada de su hijo ilegitimo. Tanto Tony como el público comparten cierta repulsión hacia esta escena aunque en ningún momento el espectador pueda sentirse identificado con Tony por mucho que se muestre su vida cotidiana.

Más allá de la ordinariez y gula de los personajes, en Los Soprano subyacen cuestiones religiosas que envuelven a la familia laboral y carnal de Tony. Él y sus seres queridos, pese a desempeñar trabajos delictivos, son católicos. Bajo esta premisa, Peter H. Hare en «Los Soprano, Dios y el jodido problema del mal», se plantea qué tipo de deidad permite que le ocurran desgracias a los inocentes, incidiendo así en la relación existencial entre Dios y el mal. El cristianismo y el judaísmo están presentes en la trama como creencias inquebrantables cuya solidez se cuestiona cuando le ocurre algo horrible a alguien que no ha pecado como si el hecho de ser virtuoso impidiera sufrir un accidente o morir de forma horrible. El autor concluye su artículo afirmando que habría que aceptar, en esta ficción televisiva, la existencia del Dios vengativo y colérico del Antiguo Testamento que, pese a amar a sus seguidores, azota con su ira a los que rompen las reglas del mismo modo que hace Tony Soprano en la serie con sus dos familias.

Este capo, obsesionado con que todo funcione de forma similar a los hombres que toma como modelo de películas del género negro, pretende ser un buen cabeza de familia aunque sea un criminal, un adultero e intente aparentar ante su psicoanalista, la doctora Jennifer Melphie, que los problemas que le provocan estrés no acabarán con él. A pesar de que esta es su voluntad, estos hábitos le producen ataques de pánico, mal humor y un descontento abismal ante un mundo que gira a contracorriente de los valores sobre los que debería basarse. Por ello, Tony Soprano y el relato televisivo que protagoniza poseen un aspecto hortera bajo el que subyace una mayor complejidad narrativa de la que aparentan.

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