Tiempo y suerte en La vuelta al mundo en ochenta días

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La vuelta al mundo en ochenta díasEn una época en la que aún había mundos casi desconocidos y los transportes de carbón eran lo más nuevo en tecnología, un hombre que vive en Londres acepta la apuesta de dar la vuelta al mundo en ochenta días. Así arranca La vuelta al mundo en ochenta días (Le Tour du monde en quatre-vingts jours, Pierre-Jules Hetzel, Paris, 1872) de Jules Verne donde vemos cómo Phileas Fogg y su mayordomo Jean Passepartout se embarcan en un viaje por el globo terráqueo durante un tiempo impensable en la época para ganar una apuesta que Fogg le ha propuesto a sus conocidos del Reform Club de Londres. El trayecto recorrido se puede contemplar en este mapa de Wikipedia.

En todo trayecto que incluya transbordos de un medio de transporte a otro hay dos factores clave que permiten al viajero seguir con su marcha tal y como la ha programado. Estos son el tiempo y la suerte. El primero, especialmente para Fogg, es vital porque de cumplir los plazos del reto que se ha propuesto ganar, perderá toda su fortuna y quedará como un fanfarrón. Asimismo, este aspecto es un rasgo característico en la personalidad de este personaje que se va mostrando con las decisiones que va tomando acerca de la ruta a seguir a la vez que para con sus acompañantes. Él calcula con la mayor precisión posible los días que transcurrirán desde su salida de Londres hasta su regreso, contando con imprevistos que puedan ralentizarlo, lo cual lo definen como un hombre cauto, preciso y capaz de adaptarse a los cambios.

En este sentido, entra en juego el otro punto vital que todo el que realiza largas distancias debe de saber aprovechar. Se trata de la suerte. Hay un sinfín de variables que pueden empeorar un viaje ya sea condiciones meteorológicas, retrasos e incidencias de todo tipo. En la novela de Verne los personajes sortean varios obstáculos que cambiarán su fortuna para bien o para mal. Ya se decante esta por un lado u otro de la balanza, Fogg y Passepartout se las ingenian para que el viento les sea favorable, lo cual demuestra una gran capacidad de adaptación por parte de los dos, ya que sin ella seguirían atascados ante el primer bache del camino. Las alteraciones en el programa de Fogg no solo hacen que deba tomar decisiones rápidas que repercutirán en la llegada o no a su destino, sino que también ofrecen al lector presenciar aventuras variadas como ver las habilidades circenses de Passepartout o la gentileza de Fogg al salvar a Aouda de forma desinteresa por mencionar algunas de ellas.

En definitiva, el tiempo y la suerte en La vuelta al mundo en ochenta días son decisivos para descubrir si en pleno siglo XIX yendo de un medio de transporte que funciona con carbón a otro era posible o no en esta novela emprender una travesía cómo la que se propone Phileas Fogg. Su tesón y atrevimiento ante tal empresa invita a soñar con lanzarse en un proyecto similar a pesar de que hoy en día vivamos en un mundo hiperconectado.

Jules Verne

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