Ilusiones vanas

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Una playa de septiembre (La isla de Siltolá, Sevilla, 2017), primera obra de la investigadora predoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Sofía González Gómez (Pedro Muñoz, 1993), contiene diecinueve relatos agrupados en dos secciones. Las historias que comprenden este libro de cuentos reflejan situaciones cuotidianas de personajes cuyas ilusiones se resquebrajan como un iceberg. Estos desencantos caminan más hacia la decepción ante conocer gente nueva en la primera parte de la obra mientras que en la segunda parte se respiran desilusiones con mayor crudeza. La interacción de las voces narrativas con las personas que rompen sus expectativas sucede en espacios de tránsito como las calles de Madrid, lugares culturales, medios de transporte e Internet, en su mayoría. La Red, a su vez, supone una fábrica de sueños en la que se preconciben las personalidades de los personajes que defraudan en cada texto. La omnipresencia del espacio cibernético destaca también por el empleo de léxico digital con la incorporación de vocablos de este ámbito como emoji o whatssapp, lo cual otorga un aire costumbrista a los escritos.

La vida es una sorpresa tras otra. Algunas son agradables y otras una bofetada de realidad. La ingenuidad acentúa las segundas. La ilusión ante nuevas relaciones humanas funciona como un hilo invisible que une todos relatos de este compendio de relatos. Dicha sensación se acrecienta al conocer personas en Internet, ya que el muro que constituye una pantalla ayuda a construir una imagen de uno mismo distorsionada o no de la real. Esta barrera desaparece al tener delante al individuo con el que se ha establecido un vínculo virtual, lo cual favorece la aparición del hastío al no encajar la imagen idealizada con la de carne y hueso. A modo de ejemplo, destacan «Una playa de septiembre» y «El enemigo de los pájaros» que reflejan con gran precisión ese contraste entre imaginación y realidad.

Lenguaje oral, escrito y, recientemente, virtual. La ambientación temporal de Una playa de septiembre comprende estos tres tipos de maneras de comunicarse utilizando la lengua. El tercero de ellos se usa de forma orgánica sin que al sumergirse en los textos se vea ningún tipo de artificio, lo cual agiliza la lectura de los mismos. La integración de términos tecnológicos como emoji o whatssapp, añadidos en el último lustro al léxico habitual de los hablantes, comporta una reivindicación por parte de la autora al formar parte de la cotidianeidad de varias personas entre las que, probablemente, ella se incluye. A través de estos vocablos, el contexto en el que se mueven dentro de las historias en los que aparecen genera situaciones donde el impulso por conocer a alguien cambia de parámetros. Por ejemplo, hace unas décadas encontrar pareja se limitaba a métodos más analógicos como recomendaciones de amistades o dejarse llevar por la casualidad. Hoy en día, las posibilidades son infinitas a la vez que se multiplican las decepciones que habitan esta obra como las visibles en «Compra-venta de identidad» y «Los anticuchos». En el primero de estos dos cuentos las relaciones humanas parten de los intercambios de artículos vía Wallapop y de cómo nos disfrazamos ante un desconocido. Por su parte, el segundo es un clásico de cita fallida con la variación de que la Red da herramientas para idealizar aún más al otro, siendo mayor la decepción.

Aparte de Internet como espacio donde convergen personas de todo tipo que proceden de cualquier punto del planeta, se recurre con frecuencia en este libro a los no-lugares. Es decir, sitios de tránsito como supermercados, congresos, vehículos de transporte público o la calle. La variedad de estos puntos de unión por los que pasa la gente consigue que los textos reflejen la realidad que nos rodea así como sirven de escenario para denunciar ciertas actitudes que se critican a lo largo de la obra. La falsedad del hombre para aparentar cordialidad ante una mujer que pueda desembocar en acercarse o alejarse de ella se palpa en «Fila 8, asiento 4», «Estatua de sal» y «Congreso» donde el trato que ellos le dan a una chica, que acabará decepcionada con su actitud, ocurre en puntos de la geografía urbana por los que deambula la multitud como quien cruza un paso de peatones.

Una playa de septiembre está habitada por ilusiones vanas que sienten los personajes ingenuos que encontramos entre sus páginas. Ellas y ellos configuran pequeñas instantáneas del aire que respiramos en el presente, rodeados de mil formas de compartir nuestro tiempo con los otros ya sea delante de una pantalla o callejeando por ciudades como Madrid que han sido testigos de tantos desencantos.

Fuente de las imágenes: La isla de Siltolá

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