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Doce meses, doce relatos

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El otro lado de las cosas que ocurren bajo el cielo de París (La isla de Siltolá, Sevilla, 2018) es la nueva obra de Fernando Travesí (Segovia, 1971) que se detiene en la geografía humana de la capital francesa con un relato por cada mes del año. En este repaso mensual se muestra la cotidianeidad de personajes que afrontan con resignación la realidad o la adaptan a sus deseos. Los rincones de la ciudad del amor que aparecen en las doce historias que configuran esta obra se alejan de puntos de interés turístico. En su lugar, surgen espacios comunes para los parisinos como el metro, la calle o el trabajo. Tedio, resignación e impotencia inundan las páginas de estos textos que se enfatizan según la parte del año en el que el autor los ubica.

Somos rutina. Desde que abrimos los ojos hasta que los cerramos para dormir nos encasillamos en una serie de rituales con alguna que otra variable. La sucesión de acciones programadas en nuestro cerebro para ejecutarse en un orden y duración concretos inunda de hastío a los protagonistas de «Marzo: tribulaciones de un hombre moderno» y «Diciembre: bien lo sabe bien». La elección de estos dos meses para reflejar el tedio que produce la cotidianeidad no parece azarosa, debido a que estas fechas marcan el inicio de la primavera y el final del año.  Es decir, tiempos favorables a la ruptura de rutinas que no se dan en estos escritos. Por ello, la extensión de los actos que arrastran estos personajes se enfatiza más, si cabe, en estos dos meses.

En el transcurso de esa cotidianeidad da tiempo para evadirse de ella o mirar con otros ojos el mundo que nos rodea. La otra realidad que surge en la mente de los personajes emerge paralela a la real para acabar o no fundiéndose ambas en el relato. El contraste entre las dos enciende la luz de la denuncia social ante ciertos sucesos que conviven entre las calles de París y entre el suelo por el que paseamos estemos donde estemos. Las reacciones ante el llanto en «Mayo: unas flores azules» o el sueño de una prostituta por ser princesa del corazón en «Diciembre: bien lo sabe bien» conforman un grado de imaginación nacido de pequeños detalles que acaban siendo el centro de gravedad de estos cuentos. En cambio, «Julio: la doble vida de un día cualquiera» y «Agosto: utopías» reflejan la visión que pudo haberse formado alrededor de estas historias que enfocan un mundo mejor que existe al otro lado del espejo.

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Ilusiones vanas

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Una playa de septiembre (La isla de Siltolá, Sevilla, 2017), primera obra de la investigadora predoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) Sofía González Gómez (Pedro Muñoz, 1993), contiene diecinueve relatos agrupados en dos secciones. Las historias que comprenden este libro de cuentos reflejan situaciones cuotidianas de personajes cuyas ilusiones se resquebrajan como un iceberg. Estos desencantos caminan más hacia la decepción ante conocer gente nueva en la primera parte de la obra mientras que en la segunda parte se respiran desilusiones con mayor crudeza. La interacción de las voces narrativas con las personas que rompen sus expectativas sucede en espacios de tránsito como las calles de Madrid, lugares culturales, medios de transporte e Internet, en su mayoría. La Red, a su vez, supone una fábrica de sueños en la que se preconciben las personalidades de los personajes que defraudan en cada texto. La omnipresencia del espacio cibernético destaca también por el empleo de léxico digital con la incorporación de vocablos de este ámbito como emoji o whatssapp, lo cual otorga un aire costumbrista a los escritos.

La vida es una sorpresa tras otra. Algunas son agradables y otras una bofetada de realidad. La ingenuidad acentúa las segundas. La ilusión ante nuevas relaciones humanas funciona como un hilo invisible que une todos relatos de este compendio de relatos. Dicha sensación se acrecienta al conocer personas en Internet, ya que el muro que constituye una pantalla ayuda a construir una imagen de uno mismo distorsionada o no de la real. Esta barrera desaparece al tener delante al individuo con el que se ha establecido un vínculo virtual, lo cual favorece la aparición del hastío al no encajar la imagen idealizada con la de carne y hueso. A modo de ejemplo, destacan «Una playa de septiembre» y «El enemigo de los pájaros» que reflejan con gran precisión ese contraste entre imaginación y realidad.

Lenguaje oral, escrito y, recientemente, virtual. La ambientación temporal de Una playa de septiembre comprende estos tres tipos de maneras de comunicarse utilizando la lengua. El tercero de ellos se usa de forma orgánica sin que al sumergirse en los textos se vea ningún tipo de artificio, lo cual agiliza la lectura de los mismos. La integración de términos tecnológicos como emoji o whatssapp, añadidos en el último lustro al léxico habitual de los hablantes, comporta una reivindicación por parte de la autora al formar parte de la cotidianeidad de varias personas entre las que, probablemente, ella se incluye. A través de estos vocablos, el contexto en el que se mueven dentro de las historias en los que aparecen genera situaciones donde el impulso por conocer a alguien cambia de parámetros. Por ejemplo, hace unas décadas encontrar pareja se limitaba a métodos más analógicos como recomendaciones de amistades o dejarse llevar por la casualidad. Hoy en día, las posibilidades son infinitas a la vez que se multiplican las decepciones que habitan esta obra como las visibles en «Compra-venta de identidad» y «Los anticuchos». En el primero de estos dos cuentos las relaciones humanas parten de los intercambios de artículos vía Wallapop y de cómo nos disfrazamos ante un desconocido. Por su parte, el segundo es un clásico de cita fallida con la variación de que la Red da herramientas para idealizar aún más al otro, siendo mayor la decepción.

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Vacíos

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Ausencias (La isla de Siltolá, Sevilla, 2017), primer libro de cuentos de Raúl Clavero (Salamanca, 1978), lo componen veinte relatos repletos, por un lado, de formas de asimilar la pérdida de un ser querido o de la inocencia debido a un suceso traumático mientras que otros textos de este compendio ahondan en la construcción de la identidad de los personajes a modo de exploración personal. La muerte y la enfermedad acechan la cotidianeidad de padres, madres, hijos y amigos que llenan el vacío de sus corazones de la mejor manera que pueden. Como dato anecdótico, cada pieza del libro ha sido premiada o finalista en algún concurso literario.

La muerte nos rodea, nos golpea y nos hiere cuando se lleva a alguien amado. Afrontar el duelo por esa persona que ya no está con nosotros es un camino lleno de dificultades que cada uno recorre cómo puede. Negar los recuerdos ligados a seres fallecidos trágicamente es la reacción de Ricardo en «Ausencias» y de una madre a la que le cuesta asimilar la defunción de su pequeño en «Los pasos pendientes». Ambos personajes evaden el doliente suceso que explotó en su vida para negarlo llevando una existencia solitaria u obsesionándose con lo que pudo haber sido del amado familiar, respectivamente. La incomprensión que reflejan estos cuentos ante la última frontera de la vida se mezcla con la culpabilidad del superviviente. El no entender la causa de la defunción de alguien cercano lo comparten con los padres que aparecen en «Hormigas» ante la pérdida de su hija. Distintas reacciones ante el final que todos compartimos desvelan una inquietud por parte de Clavero por indagar en cómo nos afecta el fallecimiento de un ser querido.

En sintonía con el enfrentamiento hacia el vacío que deja en el corazón el que abandona este mundo se profundiza en cuentos como «El atasco» o «Cajas» en la actitud de un familiar sobre la enfermedad de otro. En el primer caso el cerebro de un niño deja de acumular experiencias vitales mientras su cuerpo continúa creciendo, lo cual provoca que repita perpetuamente las inquietudes propias de la infancia. El amor y la paciencia ante la inamovilidad de la medicina son las únicas vías que la madre de este joven posee para lidiar con su nueva realidad. Por su parte, en el segundo texto un niño pierde la inocencia al darse cuenta de la frágil salud de su hermano al que tanto quiere. No importa la edad al tener que adaptarse al malestar que padece un familiar, ya que el afecto que sentimos hacia esa persona nos da fuerzas para sobrellevar esa situación tal y como reflejan estos escritos cuyos personajes pueden existir en nuestra cotidianeidad. Lee el resto de esta entrada

Tu nombre será Israel

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Y no me llamaré más Jacob (La isla de Siltolá, Sevilla, 2016), de David Aliaga (Hospitalet de Llobregat, 1989), comprende dieciséis relatos que muestran rituales, viajes por la memoria y la inmersión del autor en el judaísmo en clave de autoficción. Las historias que conforman este compendio de cuentos se presentan con un grado de detallismo riguroso que enfatiza lo que sienten los personajes ante la soledad, el miedo o los recuerdos de lugares que el tiempo ha cambiado. Como ya ocurría en Inercia gris, cuya reseña podéis leer en Murmullo gris, los silencios pesan en algunos textos, ya que al sugerir el devenir de la trama se adivina la aparición de lo monstruoso entre líneas, lo cual viste de intriga a los escritos con gran acierto.

El rol de la conversión de Aliaga en el judaísmo ya se pone de manifiesto en el título de la obra que toma de Génesis 32:29 en el que se rebautiza a Jacob como Israel. La relevancia del cambio de nombre reaparece en «Clases de hebreo» debido a que en el rito de iniciación al judaísmo la persona que acoge este dogma elige un nombre propio que lo distinga como miembro de la comunidad. Los primeros pasos del autor en la nueva religión no solo nos los muestra mediante el poder de la palabra sino también a través de las impresiones que provocan en él rituales como el tefilin, que se presenta minuciosamente en «De triatletas y filacterias», o encender las velas de las lucernarias en Janucá en «Luminarias». En los tres casos los vocablos que pueblan los relatos están repletas de ilusión y cotidianeidad al incorporar estas nuevas costumbres en la rutina del autor que, a su vez, actúa como narrador en un ejercicio de autoficción en el que se desnuda para reivindicar su reciente incorporación al judaísmo. Probablemente, la voluntad de plasmar esta nueva arista en la identidad de Aliaga le lleve a concebir gran parte de los personajes que habitan en el libro como hijos de Israel o personas que en algún momento de sus vidas se relacionaron con el pueblo judío.

Al echar la vista atrás recordamos con cariño lugares en los que fuimos felices. De vuelta al presente, estos espacios en la memoria se han transformado en territorios austeros como le sucede al hogar de Edith Wasserman en «Será peor» o a Tonk al superponer la imagen que evoca de Támpere durante su juventud con la que halla en la vejez en el relato de título homónimo a la ciudad que revisita tras largos años. Este contraste entre el locus amoenus y el locus eremus se yuxtapone en estos dos textos para recalcar la nostalgia que sienten estos personajes hacia un lugar del mundo al que llamaron hogar en algún punto de sus vidas. El reverso de este ejercicio mnemotécnico se vislumbra en las atrocidades en las que participó el miembro de las SS Sebastien Schmelzer cuyos recuerdos va rescatando del olvido la voz narrativa de «Plomo en la mirada» y «Escribir en la memoria» en un intento por reconstruir la figura de su anciano vecino. A modo de detective, el joven que investiga el pasado del soldado va recolocando los recuerdos de infancia en casa del viejo con los testimonios que la historia conserva. Lee el resto de esta entrada

Las siete miradas de Sara

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Siete Miradas En Un Mismo Paisaje (Anagrama, 1981, Barcelona), primer libro de cuentos de Esther Tusquets (Barcelona, 1936 – 2012), está compuesto por siete relatos en los que varias niñas y adolescentes llamadas Sara narran su visión de la sociedad elitista de la España de finales de los años cuarenta y principios de los cincuenta, los primeros amores a través de miradas ingenuas, inocentes y llenas de convicción hacia lo que estas narradoras creen que es lo correcto. A pesar de que todos los cuentos estén protagonizados por distintas Sara, sus voces se unen en la forma de ver el mundo burgués de posguerra en el que viven y de enfrentarse a él mientras van comprendiendo las ideas que los adultos quieren inculcarles por haber nacido en una familia adinerada.

Los personajes llamados Sara de este compendio de historias breves muestran en su adolescencia o bien una primera experiencia sexual o amor hacia otras personas. En cuanto a las primeras, estas son narradas con cariño y erotismo hacia el sexo sin que este sea percibido por Sara como un acto frívolo ni puramente físico, ya que ellas lo disfrutan. En «Giselle» se refleja cómo Sara siente un placer para ella inesperado al perder su virginidad por un hombre mayor que ella del que no está enamorada mientras que en «He besado tu boca, Yokanaán» el sexo es fruto del amor entre Sara y Ernesto. Por ello, la descripción del rito de iniciación sexual parte en ambos casos de distintos lugares, pero mantienen un lenguaje narrativo lleno de inocencia y delicadeza al tratar el cuerpo de una chica. El afecto que Sara siente hacia Ernesto cobra fuerza porque él pertenece a una clase social más humilde que la de ella. Este cariño que siente ella se palpa en las niñas Sara cuando manifiestan simpatía hacia personas a las que sus familiares consideran inferiores desde su posición de miembros de una oligarquía social.

La candidez de Sara le lleva a relacionarse con estas personas para comprender por qué intentan educarla para congeniar solo con niños y niñas que pertenecen a la alta burguesía como ella. Prueba de este contraste social en el que se palpan la ideología de las dos Españas durante el franquismo se halla en «Los primos» donde la pequeña Sara siente más cariño por su primo Bruno, que se educa en un colegio de curas a la vez que es afín a ideas contrarias al régimen franquista, en lugar de mostrar aprecio por Gabi que, como ella, es hijo de padres partidarios del fascismo. «Exiliados», en un contexto distinto, muestra cómo otra Sara acepta a un niño forastero que la identifica como miembro del pueblo, reafirmando así que ella, sin ser consciente, rechaza las costumbres de la sociedad elitista en la que ha nacido.

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Morfina: casos de un médico rural

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morfinaMijaíl Bulgákov (Kiev, 1891 – Moscú, 1940) en los relatos que se recogen en Morfina (Anagrama, 2002) narra las vivencias de un médico inexperto que al acabar la carrera es destinado a un hospital de provincias donde tendrá que hacer frente a dolencias variadas de sus pacientes, inclemencias meteorológicas e incredulidad ante la medicina por parte de los campesinos a los que el doctor protagonista de los textos atiende. Cada cuento se centra en un caso singular con el que tiene que lidiar el médico joven a cualquier hora del día sin que el clima extremo de la región rusa en la que se ubican estas historias se lo impida. Según indica esta edición de este compendio de relatos, este volumen de cuentos corresponde a la obra «Notas de un médico joven» que están basadas en casos reales que afrontó el autor cuando trabaja como doctor en una zona rural de Smolensk.

Los conocimientos sobre medicina del autor se plasman en el detallismo narrativo presente en los cuentos, ya que en ellos este rasgo enfatiza los pequeños detalles que enriquecen las historias que protagoniza el doctor joven en su estancia en un hospital de campo. A su vez, cada vez que se trata una enfermedad, la voz narrativa de cada relato recrean lo que sucedería si dejara morir a sus pacientes de las dolencias supuestamente insalvables que padecen o bien si existe una posibilidad remota de mantenerlos con vida. Esta inseguridad en sí mismo que posee el médico inexperto es contradictoria con el tratamiento eficaz que les proporciona a los enfermos, lo cual puede indicar una falta de voluntad en él para ejercer su profesión. Un claro ejemplo de este dilema interno se halla en «La garganta de acero». Por otro lado, cada vez que ejecuta una operación, cura o tratamiento esta se describe con tal precisión que se palpa en el texto la tensión, los nervios o el alivio del doctor imberbe cada vez que tiene que actuar.

Por su parte, los campesinos, desconocedores de la medicina moderna, se muestran escépticos ante las recomendaciones del nuevo médico de su hospital a la vez que alaban la labor de su predecesor que sí los entendía. Esta desconfianza, se debe a que aún no se han acostumbrado a su nuevo doctor y a que, en la mayoría de los casos, pesa en ellos una gran fe en los saberes populares y las supersticiones, lo cual dificulta aún más el papel del médico. La historia en la que el enfrentamiento entre ciencia vs. fe cobra mayor fuerza es en «Un ojo desaparecido» done la madre del niño que tiene un ojo tapado se niega a que lo operen, ya que ella cree que su pequeño sanará sin la intervención del doctor. Lee el resto de esta entrada

Y los ahogados…

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la-lengua-de-los-ahogados-2La lengua de los ahogados (Menoscuarto, 2016) es la nueva obra de Fernando Clemot (Barcelona, 1970) que consta de diecinueve relatos que están centrados en desmenuzar la figura del ahogado, las diferencias de clases sociales y la evocación de la figura paterna tomando como punto de partida la memoria. Dentro de la arquitectura del libro llama la atención una serie de narraciones breves que se caracterizan por carecer de título, letra mayúscula al inicio ni punto final al terminar cada texto. Estos escritos son fragmentos de una misa historia que están enfocados en desmenuzar el tipo de muerto qué es un ahogado a través del temor de la voz narrativa autoritaria que los describe.

Tras conocer las historias de ahogados que se retratan en este compendio de cuentos se recalca que espacios acuáticos como ríos o mares son campos sembrados de cadáveres que poseen una fisionomía particular que repulsa, un lenguaje propio que se articulan en el aparato fonador de estos individuos y un rumbo errante que emprenden del agua a la orilla, volviendo así a su medio terrestre. A pesar de que el caso más rotundo en el que se deconstruye al ahogado sea en la cadena de textos que en su mayoría empiezan como “y los ahogados”, el relato «Pirun onnekas», el único con una voz narrativa femenina, muestra la inquietud de la protagonista ante la supuesta imagen de una persona hundiéndose entre el oleaje de alta mar que ella cree ver desde lo alto del barco donde navega. Dicha aparición la atormenta como si se tratara de un acosador que no la deja vivir ni siquiera cuando vuelve la vista al océano ya desde tierra. Por ello, en este caso contemplar a este tipo de fallecido es inquietante a la vez que aterrador.

Si bien los ahogados flotan en la obra, en ella también se marcan las diferencias sociales entre ricos y pobres que dan pie a situaciones violentas como sucede en «Thunderball» o en «Todos los nombres». En el primer relato un músico callejero es invitado como artista para tocar en las fiestas desenfrenadas de un grupo de personas adineradas que lo ven como una nota harmónica que apacigua sus vicios para después irritarse ante la repetición de su presencia en los encuentros nocturnos privados en los que el cantante participa. Por su parte, el segundo cuento sintoniza con el binomio civilización vs. barbarie, ya que se descubre la historia de la lucha de una aldea sin nombre, cercana a Chitabamba, que se enfrenta a la invasión de una empresa minera que quiere explotar la zona, lo cual arrancaría la seña de identidad de este poblado ajeno al resto del mundo. Lee el resto de esta entrada